Cervantes, Don Quijote y un cuartillo de vino

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Cervantes, Don Quijote y un cuartillo de vino

Todos los grandes autores del Siglo de Oro, desde Quevedo a Tirso de Molina y de Lope de Vega a Cervantes, muestran en sus obras a sus personajes disfrutando de las delicias del vino.

La enoliteratura siempre ha estado presente. Sus obras son clásicas porque hablan directamente de la condición humana y, por muchas veces que se lean, siempre enseñan algo nuevo, Por eso, para explicar el mundo a través de unos personajes concretos, estos deben experimentar las alegrías y las tristezas de la vida. Y al hacer ese retrato de la vida de su tiempo a través del cual los clásicos hablan de lo más profundo del alma humana, no es de extrañar que el vino sea un elemento clave en sus historias. Aunque sólo sea por el papel que ya entonces jugaba en el discurrir cotidiano de la vida de las personas de la España de su época, ya fueran nobles caballeros o humildes campesinos.

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De todos los escritores de la época, es probable que Cervantes fuera el más entendido y aficionado al buen vino, y muchas de sus obras son un reflejo del papel que jugaba esta bebida en la sociedad de su tiempo. Y, como dejó claro en más de una ocasión, sabía de los efectos perniciosos del exceso de su consumo, y alertaba sobre ello, aunque es probable que más de una vez cayera en la tentación de tomar una copa de más. En la pareja inmortal de Don Quijote y Sancho, el segundo es el aficionado a empinar el codo, y el hidalgo no se cansa de recordarle eso de “Sé templado en el beber”, como si se tratara de una primitiva campaña de la Dirección General de Tráfico.

En los tiempos de Cervantes todavía no existía nada parecido a la Denominación de Origen, aunque si destacaban los vinos de ciertas localidades, y así pregonaban su origen los vendedores, sabiendo que La Membrilla, en Ciudad Real, era cuna de algunos de los más afamados y apreciados. En Madrid, en esa época, se bebían vinos de San Martín y de Esquivias, debido a la cercanía, y Cervantes debió de dar buena cuenta de diferentes cosechas en sus visitas a la corte.

En sus estancias en Sevilla se centraba lógicamente en los vinos locales que encontraba en las tabernas, como los de Cazalla de la Sierra, Alanís y, sobre todo, los de Guadalcanal. A estos últimos les cabe el honor de ser los primeros que hicieron la travesía del Atlántico y, por tanto, los primeros que se bebieron en el Nuevo Mundo. En Rinconete y Cortadillo se menciona expresamente que el vino que trasiega la vieja es de Guadalcanal. Sin embargo, Alonso de Castillo Solórzano hace decir a su personaje el Bachiller Trapaza, que el vino más famoso de Andalucía era el de Lucena.

En algunas de sus Novelas ejemplares Cervantes va dejando huella de los diferentes vinos que conocía, ya fueran de lo que ahora es Castilla y León, Extremadura y Castilla-La Mancha, además de otros de Italia y Grecia, por lo que se ve que nuestro escritor iba probando las especialidades de todos los lugares por los que pasaba. Pero, en cualquier caso, siempre demostró especial predilección por lo que entonces se llamaban vinos de Ciudad Real, lo que hoy podríamos llamar vinos manchegos. El propio Sancho Panza, en uno de sus encuentros con Sansón Carrasco, empina el codo para sujetar la bota, y parece que se queda un cuarto de hora como mirando las estrellas mientras bebe sin parar. Y apuesta a que es vino de Ciudad Real, al que alaba de manera vistosa. Cervantes repite sus alabanzas en otras obras, como El licenciado Vidriera.

Aunque Sancho Panza es el aficionado a los largos tragos, el propio don Quijote usa el vino en numerosas ocasiones, ya sea para lavarse las heridas, preparar ungüentos y bálsamos, etc., pero no para beber ya que los caballeros andantes no hacían esas cosas. Es más, en una de las escenas más conocidas, don Quijote emprende (fruto de sus alucinaciones) el combate contra unos odres de vino creyendo que luchaba contra un gigante.

Por otra parte, es sabido que Cervantes casó con Catalina de Salazar, natural de Esquivias. Lo que no es tan conocido es que su esposa poseía viñedos, y quién sabe si éste fue uno de los detalles que empujaron al autor del Quijote a enamorarse de esa dama.