Viñedos bajo el frío invernal, una fase más del proceso de elaboración del vino.
Un viejo adagio nos recuerda que los buenos lugares para vivir son aquéllos donde se produce vino. No es por tener siempre disponible unos cuartillos para acompañar una buena comida ya que los canales de distribución hacen posible en la actualidad disponer y disfrutar de una buena botella en cualquier rincón del planeta (tal vez exceptuando algunos países en donde está prohibido el consumo de alcohol, que los hay).
Lo bueno de vivir en los lugares donde se produce vino es por las condiciones climáticas: lo que es bueno para las viñas es bueno para el ser humano. Ni demasiado frío ni demasiado calor, ni demasiada humedad ni demasiada sequedad. Buen clima.
Todo ello no significa que la temperatura no suba un poco en verano y baje en invierno. Los ciclos de la vida hacen que todo vaya cambiando a lo largo del año, que las estaciones se noten, y así las plantas y la tierra viven su ciclo, pueden producir y descansar.

La ola de frío polar que ha recorrido medio mundo en las últimas semanas es una buena prueba de ello. Es cierto que ha afectado a la Península, pero ha sido en el momento adecuado del año, cuando las viñas están en el momento más bajo de su ciclo vital, casi en parada biológica. Unas temperaturas puntuales de unos pocos grados bajo cero en los meses de enero y febrero apenas afectan negativamente a las plantas. Una buena nevada incluso puede ser beneficiosa.
Siempre se ha dicho que “año de nieves, año de bienes” ya que la nieve se convierte en un depósito de agua que llega lentamente a la tierra, a diferencia de unas lluvias torrenciales. En realidad todo son ventajas en que los viñedos se cubran de nieve en invierno, algo que no pasa con mucha frecuencia. El frío de la capa de nieve ayuda a acabar con posibles plagas que haya en las cepas, matando los huevos de arañas u otros animales que puedan estar depositados en la corteza de las viñas. Además, así la madera se endurece por lo que se fortalece y podrá curar las propias heridas que se producen al podar.

Un poco de frío también viene bien al vino que se encuentra en los depósitos porque lo estabiliza de manera natural. Por otra parte, las bodegas suelen estar bien protegidas, ya sea las tradicionales construidas o excavadas bajo tierra o las más modernas para mantener una temperatura más o menos constante, de manera que el vino no se vea afectado por los cambios bruscos de temperatura que puedan producirse en el exterior.
En otros momentos del año, cuando el fruto esté en sazón, el frío o el calor intenso, igual que un exceso o defecto de lluvia, es otra historia diferente. Cuando la uva está madurando sí puede verse afectada, lo que repercutirá en la calidad del vino. Es una de las razones por las que cada añada resulta diferente aunque las cepas y el terreno sean el mismo.

Otra cuestión es el llamado vino de hielo, cuando la vendimia se lleva a cabo con racimos ya madurados, incluso sobremadurados, y congelados, lo que sirve para producir unos vinos con unas características muy peculiares, muy dulces. Pero en general los vinos de hielo son ajenos a nuestra cultura enológica más allá de resultar una curiosidad y para producirlos hay que esperar unas posibles heladas en otoño. Algo frecuente tal vez en Alemania pero no en los países mediterráneos.
Lo importante es saber que las cepas aguantan perfectamente una helada invernal de unos pocos grados bajo cero. Los viñedos viejos resisten incluso más que los jóvenes unas condiciones un poco duras por el grosor y la profundidad de las raíces.
Frío de verdad es lo que hemos visto estos días en los noticieros de televisión que ha pasado en Canadá y Estados Unidos. Pero, claro, en las zonas afectadas apenas hay viñedos. Así que está claro: los mejores lugares para vivir son aquéllos en donde crece la vid. La sabiduría popular lo tiene claro desde siempre.