Alejandro Dumas y el vino

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Alejandro Dumas y el vino

Amar, escribir, disfrutar…

«- Pero sentaos – dijo Montecristo- ; en verdad no sé en qué estoy pensando…hace un cuarto de hora que os tengo ahí de pie.
– No le hace, señor conde…

El mayor tomó un sillón y se sentó.

– Ahora – dijo el conde -, ¿queréis tomar alguna cosa? ¿Un vaso de Jerez, de Oporto, de Alicante?

– De Alicante, puesto que os empeñáis; es mi vinillo predilecto”

                                                                                              El Conde de Montecristo

                                                                                                          Alejandro Dumas

 

Alejandro Dumas y el vinoLa pasión de Alejandro Dumas por la cocina y el vino es sobradamente conocida. Su Gran Diccionario de la Cocina, siempre fue, a su parecer, lo mejor que había escrito nunca y a lo que más pasión le dedicó. Un libro obligado para todos aquellos que disfrutan del arte de comer, que es casi tan difícil como el de cocinar.

Dumas fue un hombre excesivo, amante de los buenos placeres, curioso y viajero. Con todo esto ni que decir tiene que disfrutó de la vida todo lo que pudo y un poco más, y que murió como vivió, con excesos.

Dumas padre era un ser generoso, al que le gustaba invitar a su mesa a todo el que conocía. Cuenta una anécdota que su generosidad llegó hasta tal punto que un día al entrar en el comedor de su palacete con su hijo le dijo: «Vámonos, que no conozco a nadie».

Para él, el vino era sublime, el elemento espiritual de la alimentación, y a lo largo y ancho de sus viajes siempre fue un gran catador de los vinos locales, con jugosos comentarios.

Su visión de la vida cotidiana tenía un toque novelesco. Los tres mosqueteros casi viven en una taberna. Beben, aman y se pelean entre copa y copa. Posiblemente, Athos sea el más generoso en su ración diaria de vino… y posiblemente sea el que mejor refleje la personalidad de Alejandro Dumas, que siempre escribía con una botella de Champagne al lado.

En España, aunque no se deleitó mucho con la comida, pues decía que los españoles solo comían chocolate, garbanzos y tocino rancio, con el vino sí que lo hizo, y dejó buena constancia de ello. Hay que pensar que a mediados del S. XIX, la gastronomía española no era muy creativa.

Alejandro Dumas y el vino

Dumas viajó a España en varias ocasiones. En 1846 vino a Madrid, a petición de su gobierno, más concretamente del Ministro de Negocios Extranjeros de su país, para ser cronista de la boda de la Infanta Luisa Fernanda con el Duque de Montpensier. Su relato desde Paris a Cádiz es una visión semi aventurera de esa España romántica que muchos intentan recuperar todavía.

Desde su posada, al lado de la Fontana de Oro, en la Carrera de San Jerónimo, informó a los lectores franceses del regio evento y les narraba cómo las fuentes de la Plaza Mayor tenían caños de los que brotaba leche y vino. Toros, bailes y festejos para aumentar el mito de la España del “poco a poco”.

Ese tipo de viajes le convirtieron en el predecesor del Grand Tour, como experiencia vital. Artistas, intelectuales y curiosos recorriendo un país, en código semi aventurero, como si se tratara de un mochilero sofisticado. Ese Grand Tour fue el predecesor del viaje moderno, en el Romanticismo se puso de moda entre los europeos del norte los grandes viajes para conocer lo exótico del sur, Italia, Grecia, España… todo les parecía deliciosamente primitivo… y su gastronomía ancestral y primaria.

Entre los muchos placeres que disfrutó Dumas en sus viajes, el vino español fue de sus favoritos. Aparte de su mención al vino de Fondillón en su novela «El Conde de Montecristo», en su libro «De París a Cádiz» habla por primera vez del porrón. Señalaba que en las comarcas de Aragón se bebía con una botella de cristal cuyo nombre los lugareños denominaban gargallo. No es difícil imaginarse a este hombre excesivo bebiendo y compartiendo el gargallo con todo el que se encontraba en su camino. Algo parecido sucedía con sus admirados vinos de Jerez, de los que era un gran defensor.

Mención especial tuvo también el escritor para el vino de Valdepeñas, comentando que «era vino de Valdepeñas legítimo, de áspero y excitante sabor» añadiendo que, a él, como buen bebedor, tenía la ventaja de no embriagarle.

Eso queda para otro relato… «La comida es la parte material de la alimentación y el vino la parte espiritual» – Alejandro Dumas.